Destino
Si a Messi no le hubieran hecho el tratamiento para que crezca, tal vez habría sido de todos modos un excelente jugador, pero seguramente nunca habría llegado a cabecear el centro de Xavi.
Muerte
Estado que sobreviene inmediatamente después de haber visto 1001 películas, leído 1001 libros y escuchado 1001 discos.
Hibernar
Es como todo: parece que no va a llegar nunca.
Pero ya lo estoy sintiendo. Es inevitable. Eso es lo peor. Es inevitable.
Me parece que pierdo el tiempo pensando lo que pienso.
Un segundo troca a milenio cuando el instante escasea.
Cada vez falta menos. Resisto. Me niego.
No pretendo derrocar al universo. No anhelo lo imposible. Sólo busco un poco más de tiempo.
Pienso en los condenados a muerte: darían la vida por un día más.
Pero la vida de un condenado a muerte no vale nada. Así que nadie les ofrece un día más.
Es inútil, pensar no sirve. Ni siquiera pensar en cualquier cosa, en un condenado a muerte.
Intento mantenerme despierto. Lúcido.
Lucho con todas mis fuerzas, que son pocas, pero no dejan de ser el 100% de mis fuerzas.
Cada vez me cuesta más conducir el pensamiento.
Siento una angustia milenaria. Y después, mucho miedo.
Me preocupa no estar durante tanto tiempo.
Después ya no me importa: la fuerza que me oprime es imperturbable.
Me seda.
Me incomoda que ya no me importe; aquí queda mi cuerpo.
Me distraigo pensando en qué voy a gastar los últimos segundos.
Una sensación de eternidad casi me despierta.
Me debato. ¿A qué dedicarle el último tramo? Quisiera algo que valiera la pena, algo trascendente.
Pero es inútil. Me seda.
Me estoy yendo.
Me deslizo hacia adentro.
Ya tengo los ojos sellados. Pero todavía estoy acá.
Por un momento la esperanza, la posibilidad de lo inédito.
Y al final, lo de siempre:
me esfumo dedicando el último pensamiento a la puta naturaleza que otra vez está cumpliendo con su horrible designio.
Pero ya lo estoy sintiendo. Es inevitable. Eso es lo peor. Es inevitable.
Me parece que pierdo el tiempo pensando lo que pienso.
Un segundo troca a milenio cuando el instante escasea.
Cada vez falta menos. Resisto. Me niego.
No pretendo derrocar al universo. No anhelo lo imposible. Sólo busco un poco más de tiempo.
Pienso en los condenados a muerte: darían la vida por un día más.
Pero la vida de un condenado a muerte no vale nada. Así que nadie les ofrece un día más.
Es inútil, pensar no sirve. Ni siquiera pensar en cualquier cosa, en un condenado a muerte.
Intento mantenerme despierto. Lúcido.
Lucho con todas mis fuerzas, que son pocas, pero no dejan de ser el 100% de mis fuerzas.
Cada vez me cuesta más conducir el pensamiento.
Siento una angustia milenaria. Y después, mucho miedo.
Me preocupa no estar durante tanto tiempo.
Después ya no me importa: la fuerza que me oprime es imperturbable.
Me seda.
Me incomoda que ya no me importe; aquí queda mi cuerpo.
Me distraigo pensando en qué voy a gastar los últimos segundos.
Una sensación de eternidad casi me despierta.
Me debato. ¿A qué dedicarle el último tramo? Quisiera algo que valiera la pena, algo trascendente.
Pero es inútil. Me seda.
Me estoy yendo.
Me deslizo hacia adentro.
Ya tengo los ojos sellados. Pero todavía estoy acá.
Por un momento la esperanza, la posibilidad de lo inédito.
Y al final, lo de siempre:
me esfumo dedicando el último pensamiento a la puta naturaleza que otra vez está cumpliendo con su horrible designio.
Injusticia
El jugador que hace un gol de chilena, es el único en todo el estadio que no puede ver la jugada.
Alzheimer
Esa desesperante sucesión de olvidos, lenta y dolorosa forma de ingresar en la muerte, quizás al menos sirva para recordarnos lo urgente que es entrar en la vida.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)